Sus dedos dejaron de rasguear las cuerdas de la guitarra, pero no se hizo el silencio. Un par de reducidos
grupos de personas que se habían dispuesto a su alrededor aplaudieron, sin ninguna sincronía, la actuación.
Lo agradeció, como siempre; y recibió un puñado de monedas de escaso valor, como no tan a menudo como le
gustaría.
Esperó a que la familia, que había enviado a sus miembros más pequeños a depositar el dinero en la funda de
su guitarra, se hubiesen ido antes de encenderse un cigarro. Llevaba tres horas ahí sentado, pero ese día
había mucho trajín en la ciudad, así que quería hacer una última sesión antes de volver a casa.
Se apartó el pelo que el viento le había puesto sobre la cara, dió una larga calada, y exhaló. Con las manos
apoyadas sobre sus rodillas, y la espalda encorvada, observaba a la gente que pasaba a su alrededor. Era una
de las zonas más concurridas de la ciudad, y, pese al mal tiempo que acompañaba al día, el paseo estaba muy
concurrido.
Le gustaba esa hora del día por ser cuando más diversidad de personas encontraba: jóvenes que empezaban a
reunirse para tomar las primeras cañas; personas mayores recogiéndose de su caminata vespertina;
adolescentes aprovechando los últimos momentos antes de que se les echase encima la hora de volver a casa;
parejas y familias disfrutando del tiempo en común.
Por supuesto, había también personas que vagaban en solitario. La mayoría de ellas, con la cabeza gacha y
los ojos clavados en la pantalla de su móvil, respondían mensajes ajenos a cuanto les rodeaba. Otras
parecían hablar solas, lo cual le causaba siempre gracia, ya que era curioso como esas personas, que en sus
tiempos habrían sido tildadas de locas sin ningún miramiento, resultaban ahora ser las que estaban
tecnológicamente a la última.
Las horas que pasaba observando a la gente le hacían darse cuenta de cuánto había cambiado todo con el paso
de los años. Había vivido ya en siete décadas distintas, y nada quedaba de aquel mundo que conoció en su
infancia, su adolescencia o su juventud. Si bien es cierto que el cielo de las ciudades no estaba cubierto
por los coches voladores que las películas se empeñaron en venderles, sentía que le habría resultado más
fácil adaptarse a eso que a la realidad tan difícil de comprender en la que se encontraba.
A ojos de la mayoría, parecía un huraño, rehuyendo de todos y de todo. Siempre había ido a contracorriente
de las modas y tendencias, y no iba a ser menos en su senectud. Utilizaba aún el teléfono fijo, enviaba
cartas a sus, cada vez más escasas, amistades, y, cuando le dijeron que su antiguo coche no informatizado no
podía seguir circulando por la ciudad, simplemente, dejó de desplazarse tanto. Pero poco le importaban esos
materialismos modernos mientras pudiese seguir viviendo, malviviendo que diría la gente, de la música.
A escasos metros, un grupito de cuatro hacía carantoñas frente a su móvil y desgastaban su pulgar haciéndose
selfies. Pisó la colilla que acababa de soltar y, tras beber un trago de agua, alzó la guitarra y comenzó a
tocar.